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LIMA |
Setiembre 02, 2010 | Director: Aldo Mariategui
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ESTILO |
LIMA | Una de las múltiples razones por las que detesto tanto a Velasco es lo mal que me hizo pasar las Navidades en mi infancia.
No sólo por la atmósfera desagradable que se vivía ("No repitas en el colegio lo que oyes en la casa"), amén de un hostigamiento continuo (visitas tributarias, boicot sindical, amenazas de palizas) a mi asediado padre por tener la mala suerte -¡literalmente!- de ser hermano del acciopopulista Sandro, sino porque, como bien explicó hace poco Gastón Acurio en el suplemento "Mi Hogar" de El Comercio, no había juguetes, salvo unos espantosos de Basa y algunas pelotas de fulbito como la "Chotil". No sé si la tienda a la que se refiere Gastón es "Géminis", una que quedaba en Miguel Dasso, pero efectivamente sólo en ésta podían verse juguetes bonitos y a precios inalcanzables.
Sólo algún afortunado amigo tenía los codiciados "GIJoes", carritos a control remoto, el "Enterprise" de Star Trek, etc.
(que ahora serían del montón) y todos íbamos a gorreárselos.
Sonará frívolo y engreído (ya me imagino cómo reaccionarán Lévano y Wiener) que un niño burgués se queje de esto en un país con tantas carencias -que eran mucho peores en esa época, donde los pobres limeños usualmente comían Nicovita, un alimento para aves-, pero cada uno habla desde cómo le fue en esa feria, y sí pues, me jode mucho (y miro con sana envidia a los niños actuales) no haber tenido más juguetes que algunos pocos y lógicamente algo estropeados que heredé de mis hermanos mayores, sólo porque a algún estúpido cachaco se le ocurrió que "no era prioritario gastar divisas en éstos", como si la economía funcionase como un cuartel.
Pero la cosa no acababa allí. Resulta que un día de diciembre fui al kiosco a comprar mis "chistes" (El Pato Donald, Mickey Mouse, Superman, Batman, La pequeña Lulú, Archie, Jason Blood, etc.) y don Carlos me dijo que ya nunca más iban a llegar, porque "los militares los han prohibido". No sólo eso había pasado, sino que en casa me enteré de que Papá Noel también estaba proscrito, al igual que el arbolito de Navidad, los renos, el muérdago y toda la parafernalia típica de estas fechas. Sólo se debía celebrar al "Niño Manolito", un pata al que nadie conocía. Ya, a un joven de ahora le parecerá que estoy exagerando, pero no, esa estupidez sucedió en el Perú (y posiblemente se repetiría con Humala).
Velasco era igual (o incluso peor) que Chávez, un dictador megalómano y resentido. Según me enteré después, la gente de Sinamos (Carlos Franco, Helan Jaworski, Francisco Guerra García, Rafael Roncagliolo, Luis Pásara, Carlos Delgado, Héctor Béjar, Jaime Llosa Larrabure y otros que pasaron a la galería de la infamia) había devorado el libro Para leer al pato Donald (publicado en 1972), de un chileno-argentino imbécil llamado Ariel Dorfman, donde se postulaba que el imperialismo se metía adrede para colonizar nuestras mentes tercermundistas a través de estos personajes infantiles. Además, ¿qué objeto tenía celebrar Navidades con nieve en pleno verano? ¡Eso era "alienación", un término intelectualoide muy de moda en aquel entonces! Por lo tanto, a estos señores se les ocurrió contarles eso a los milicos y así se quiso "desalienarnos" a la mala, como cuando se quiso imponer el quechua como sea y la tv repetía a cada rato "Tawa Canal Limamanta Pacha". Muy cachaco, muy milico todo. Prepotencia y brutalidad mezcladas con rojerío, intelectualoides, mesianismos y resentimientos.
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